El cine ha tenido siempre en cuenta los conflictos culturales y la violencia

El mundo está intercomunicado debido a la revolución tecnológica y, de hecho, se convierte en un mundo en crecimiento intercultural (Martínez-Salanova, 2008). Aunque la cultura dominante posee todos los medios para difundirse e imponer su voz, la red de redes permite que se generen productos culturales alternativos, y logra que los países más pobres, cuyas culturas son desconocidas en occidente, se visibilicen en el panorama icónico internacional.

La cinematografía es un ejemplo: el cine hindú, el iraní, el bosnio, el chino, el de la mayoría de los países latinoamericanos, compiten en las salas de cine con el europeo o el norteamericano, exponen visiones diferentes y presentan a Occidente una gran diversidad de culturas, etnias, ideas, filosofías, comportamientos y religiones.

El cine occidental ha realizado conocidas películas en las que los conflictos, base del progreso y de la civilización, se resuelven por la fuerza de las armas y la derrota de otras civilizaciones, en películas en las que se valora positivamente que las culturas indígenas desaparezcan bajo el impulso de la «civilización». Hay centenares de ejemplos, sobre todo el que supone la conquista de los pueblos indios y las guerras en Asia y Oriente próximo.

Sin embargo, también se ha filmado con frecuencia, en algunos casos con dura crítica hacia la imposición cultural y la violencia, la invasión que una civilización hace de otra: 1492: La conquista del paraíso (The Conquest of Paradise, 1991) de Ridley Scott, narra de forma épica el descubrimiento y conquista de las tribus americanas; en La Misión (The Mission, 1986), de Roland Joffé, se aprecian los conflictos culturales y la violencia con la que en ocasiones se han solucionado; El piano (The Piano, 1993), de Jane Campion, tiene como trasfondo las grandes diferencias sociales y culturales entre la colonización anglosajona y los aborígenes neozelandeses; Apocalypse Now, 1979, de Francis Ford Coppola, exhibe la violencia, locura y destrucción de la guerra; La batalla de Argel (La battaglia di Algeri, 1966) de Gillo Pontecorvo, es una despiadada y dura crítica sobre la actuación colonial francesa en Argelia; La hora de los Hornos, 1968, del argentino Fernando Solanas, es un canto a la rebelión contra el colonialismo; Apocalypto (2006), de Mel Gibson, narra el final de la gran civilización maya, cuando su idílica existencia es brutalmente interrumpida por el ataque de una violenta fuerza invasora.

En la película 300 (2006), de Zack Zinder, basado el cómic de Frank Miller, se describe con originalidad y maestría, cómo en la batalla de las Termópilas el choque de Oriente y Occidente se materializó en una guerra sangrienta y feroz. El director se inspiró en otra película estadounidense dirigida por Rudolph Maté titulada El león de Esparta (The 300 Spartans, 1962), que vio cuando era niño. Hoy, infinidad de películas de todos los países, incluido el mismo cine norteamericano, cuestionan esta actitud guerrera, y cada día son más los films críticos hacia los dominios imperialistas, presentando una actitud favorable al dialogo y a la convivencia como forma eficaz e ineludible de resolver los conflictos. Un film como Tierra, de Deepa Mehta (India, 1998), provoca en el espectador la pregunta: ¿por qué las personas que conviven en paz se vuelven unas contra otras?, al narrar cómo en 1947 estallaron las revueltas entre pakistaníes e hindúes y el cambio que sufrieron varios amigos pertenecientes a diferentes culturas.

Son los países pobres los que mejor reproducen la necesidad de la convivencia cultural. Una película como Petirrojo (Red Robin, 2006), iraní, de Parviz Sheikhtadi, es un canto a la coexistencia entre religiones y etnias, una metáfora de las normales relaciones entre grupos de diferentes creencias que conviven en un remoto paraje de Irán, con sus desavenencias, tragedias, conflictos grandes y pequeños. Mereció el Premio Especial del Jurado en 2007, en Madrid, en el Festival internacional de cine para la infancia y la juventud.

 

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Acerca de Enrique Martínez-Salanova

Pedagogo y antropólogo, vicepresidente del Grupo Comunicar
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